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La incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. Aun así, este aumento no ha sido suficiente para salvar la distancia que existe entre la tasa de actividad de mujeres y la de hombres. Es decir, a pesar de la mayor incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, sigue existiendo una clara brecha de género en la participación en el empleo y, por lo tanto, un mayor paro femenino.

Además, las mujeres no solo participan menos en la actividad remunerada, sino que también esta viene caracterizada por una mayor parcialidad y temporalidad. Así pues, por una parte, las mujeres están empleadas en menor proporción y, por la otra, las que están empleadas, lo están en menor tiempo que los hombres.

Esta situación nos lleva a preguntarnos: ¿qué hace que las mujeres accedan al empleo en menor medida que los hombres y que, una vez en él, sus posibilidades de permanencia y promoción sean menores?

La socialización diferenciada de mujeres y hombres hace que estos asuman determinados estereotipos y roles de género en función de su sexo. Mientras que la mujer se asocia con el rol de cuidadora y se le asigna la realización de los trabajos de cuidados no remunerados como algo natural a su sexo; el hombre ostenta el rol de sustentador de la familia. En atención a los diferentes estereotipos y roles asignados, observamos que las restricciones y condicionamientos sociales a los que mujeres y hombres se ven sometidos son distintos.

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